Después del crac
Por James Grant • Volumen 9, Número 1Cómo ayudar a la economía estadounidense a corregirse
EL CRECIMIENTO ECONÓMICO en Estados Unidos es casi, si no es que totalmente, incontenible. Para la larga tendencia de la posguerra, parece importar poco si el gobierno es demócrata o republicano. En efecto, según lo demuestran 232 años de pequeños ajustes federales, la empresa estadounidense es a prueba de políticas.
Aunque quizá el nuevo gobierno no encuentre mucho consuelo en esta observación histórica. El Presidente electo de este año es el heredero de la ruptura de la burbuja financiera, justo como lo fue George W. Bush en 2000. Bush noblemente se rehusó a culpar al gobierno anterior de la manía por las empresas de Internet, pero sería aconsejable que el nuevo titular hablara con franqueza. La verdad es que el actual lío es síntoma de un persistente desarreglo financiero, y en específico una enfermedad del dólar. A intervalos demasiado frecuentes a lo largo de los últimos 20 años más o menos, instituciones supuestamente sólidas y mercados ostensiblemente racionales han perdido el control. Con el fin de solventar las crisis, la Reserva Federal ha intervenido con tasas de interés más bajas e imprimiendo dinero más rápidamente; sin embargo, el estímulo monetario de emergencia ha provocado de manera predecible una nueva alza especulativa, así que una vez más está al borde del precipicio.
¿Qué podría hacer un presidente ambicioso, aparte de no hacer daño? Podría planear el regreso de un dólar sólido, jalarle las riendas a Wall Street sin incapacitarlo y resistirse a la tentación de manipular los precios en una dirección políticamente conveniente. Haciendo esto, la casi incontenible economía estadounidense se corregirá sola.
HACER AJUSTES
SIN EMBARGO, antes de salir corriendo a mejorar lo que no puede controlar directamente, el recién instalado Director Ejecutivo de la organización federal debe atender el desorden administrativo en Washington. En su campaña, el senador Barack Obama (demócrata por Illinois) habló de aumentar los impuestos para los ricos. Sin embargo, no hay organización más rica que el aparato federal mismo. Durante el año fiscal 2007, el gobierno recibió 2.6 billones de dólares, 7.6% más que durante el año fiscal 2006; desde 2003, la recaudación federal ha aumentado en promedio 200 000 millones de dólares al año. ¿Realmente son necesarios gravámenes tan desmedidos? ¿Promueven el interés nacional en momentos de evidente recesión? En un nuevo informe, la Oficina General de Contabilidad de Estados Unidos (GAO, por sus siglas en inglés) establece que en 2007 las agencias federales distribuyeron o asignaron erróneamente 55 000 millones de dólares. En 2006, faltaron 41 000 millones de dólares. En 2007, por décimo primer año consecutivo, la GAO se rehusó a opinar sobre los informes financieros del gobierno, pero sí mencionó, entre otras deficiencias, un caos contable en el Departamento de Defensa. Por simple equidad, se deben tapar las fugas del Estado antes de establecer cualquier aumento a los impuestos.
Las posibilidades de lograr una reforma sensata abundan, desde las mínimas (por ejemplo, reducir los 4.8 millones de dólares presupuestados para analizar el uso del triplay) hasta las medianas (eliminar los 1 200 millones de dólares destinados a la compra de 20 jets de combate F-22A que probablemente son innecesarios). Las colosales —es decir, las asignaciones— probablemente son intocables, pero resulta que el gobierno posee un activo inmenso, a saber, el 28% del territorio estadounidense. Parte de estas tierras podrían venderse, aunque incluso la venta, sin duda inimaginable, de todas y cada una de estas “propiedades” gubernamentales a 1 000 dólares el acre (0.4 hectáreas) produciría apenas 644 000 millones de dólares, dinero apenas suficiente para financiar sólo un año de los gastos de la seguridad social.
Sin embargo, en última instancia, no existe una veta de ingresos federales que sea lo suficientemente rica para resolver los problemas económicos de largo plazo del país. Durante los primeros 7 años del gobierno de Bush, el PIB nominal aumentó de 9.8 billones a 13.8 billones de dólares, pero el aumento de los compromisos financieros federales excedió incluso ese sólido desempeño. En consecuencia, mientras en 2000 el gobierno era responsable de 29 billones de dólares en garantías (implícitas y explícitas), obligaciones de seguros y pagos futuros proyectados para los beneficiarios de Medicare y de la seguridad social, actualmente la suma total de esas garantías, obligaciones y pagos proyectados es de más de 67 billones de dólares. Si las proyecciones actuales son precisas, un crecimiento económico dinámico será, más que nunca, una necesidad política. El crecimiento por sí solo no disminuirá la brecha que hay entre las promesas del gobierno y los recursos necesarios para cumplirlas, pero la falta de crecimiento enfrentaría a los viejos pensionados con la juventud resentida. Y como deudor neto, Estados Unidos debe obtener de algún modo el dinero para pagar a sus acreedores.
UNA MARCA EN DECADENCIA
EL ESTADO DE LA ECONOMÍA, que probablemente le está quitando el sueño al Presidente electo, es algo poco común en la historia mundial. A la larga, los países consumen y producen prácticamente en igual medida; no tienen otra opción. Estados Unidos es la excepción. Tiene el privilegio de consumir más de lo que produce (una diferencia cuantificada por el déficit de la cuenta corriente) y de haberlo hecho casi cada año durante el último cuarto de siglo. Esta asombrosa proeza es posible porque el dólar es la marca monetaria prevalente: la “divisa de reserva” mundial. Los acreedores de Estados Unidos la aceptan de buena gana. Y, en cuanto la aceptan, se dan la vuelta y la vuelven a invertir en obligaciones de Estados Unidos. Puede haber pocos asuntos más importantes en la lista de cosas por hacer del nuevo gobierno que revitalizar y fortalecer la marca del dólar.
El nuevo Presidente haría bien en refrescar sus conocimientos de la historia de los acuerdos monetarios creados después de la Segunda Guerra Mundial. Bajo el sistema conocido como Bretton Woods, el dólar podía cambiarse por oro a una tasa de 35 dólares por onza. Si la autoridad monetaria de otro gobierno hubiera decidido que la Reserva Federal de Estados Unidos estaba haciendo funcionar la imprenta de más, ese gobierno podía convertir sus billetes verdes en lingotes a la tasa establecida. Para finales de la década de los sesenta, sin embargo, no había suficiente oro en manos estadounidenses para satisfacer a todos los preocupados poseedores de dólares en el extranjero. El Departamento del Tesoro de Estados Unidos lo sabía, al igual que los acreedores. El 15 de agosto de 1971, el gobierno de Nixon cerró de golpe la bóveda nacional que contiene el oro y decretó que desde ese momento el dólar estaría respaldado únicamente por las buenas intenciones del gobierno. Actualmente, la moneda de Estados Unidos, como cualquier otra, está basada en la confianza.
El ancla dorada del sistema Bretton Woods tuvo dos propósitos importantes: controlar la tendencia de la potencia hegemónica a vivir del crédito (como vive Estados Unidos a todo lujo hoy en día) y fijar el valor del dólar frente a otras divisas importantes. Al principio, el dólar posterior a 1971 resultó ser tan propenso a la inflación como lo predijeron los que defendían la conservación del patrón oro. Pero, en la década de los ochenta, los altísimos intereses impuestos por la Reserva Federal bajo la dirección de Paul Volcker mitigaron la enfermedad de la devaluación. Finalmente, el dólar de papel llegó a parecer tan bueno como el que estaba respaldado por oro.
Bajo el largo mandato de Alan Greenspan al frente de la Reserva Federal, el mundo llegó a creer que esta institución podía hacer milagros. Mediante la ingeniosa manipulación de una sola tasa de interés, la tasa de los fondos federales (la que pagan las instituciones financieras por los préstamos de fondos federales de corto plazo), podía —al menos en apariencia— dirigir la economía más grande del mundo con una sola mano. El hombre a quien la prensa comenzó a apodar “el Maestro” parecía cortar de raíz recesiones, pánicos y mercados a la baja. Y al mismo tiempo, los dólares se acumulaban en las bóvedas de los bancos centrales de los confiados acreedores de Estados Unidos.
“La gran moderación” es como los deslumbrados economistas llegaron a describir la era que inició en 1985 y que finalizó con la actual crisis hipotecaria. Ahora tenemos en puerta una gran conmoción. En realidad, Greenspan y la Reserva Federal no tenían tanta magia como imaginaban sus admiradores. Al presionar la tasa de los fondos federales hasta un punto tan bajo —sólo 1%— y mantenerla en ese nivel durante 12 meses, hasta mediados de 2004, la Reserva Federal, de hecho, facilitó la burbuja de endeudamiento. Millones de estadounidenses han sufrido las secuelas, al igual que los acreedores de Estados Unidos en el extranjero. Decenas de países, principalmente de Asia y del Medio Oriente, vinculan sus divisas con el dólar de una manera u otra. Y como la Reserva Federal ha vuelto a reducir la tasa de los fondos para tratar de sostener el tambaleante sistema financiero estadounidense, los países cuyas economías están ligadas al dólar también han tenido que reducir las tasas de interés de sus bancos centrales, a pesar de que las tasas de inflación locales parecen pedir a gritos una política monetaria más rígida.
EL ORO HA VUELTO
PARA MALA SUERTE DEL NUEVO PRESIDENTE, se mudará a la Casa Blanca justo cuando el dogma monetario de la era posterior a 1971 es objeto de una muy necesaria revaluación. Pero al mismo tiempo, para su buena fortuna, tiene la oportunidad de darle al dólar una base más sólida. De hecho, es su deber.
La franquicia de la divisa de reserva mundial es un tesoro nacional estadounidense. Para comenzar a comprender su valor, imagine cómo recibiría cualquier otro país la noticia de que se le otorga el derecho de cumplir con sus obligaciones internacionales, como lo hace Estados Unidos, en su propia divisa, la cual sólo ese país puede imprimir legalmente. La gente saldría a festejar a las calles.
Desde finales del siglo XIX, ningún sistema monetario internacional ha durado más de una generación. Por lo tanto, el régimen posterior a 1971 se encuentra, según lo previsto, en sus últimos años. Muestra su avanzada edad de muchas maneras: en la volatilidad de los tipos de cambio, en el aumento de la inflación mundial y en la acumulación de dólares en los balances de los bancos centrales acreedores de Estados Unidos. Mientras más tiempo duren estos excesos, mayor será el peligro de una convulsión monetaria mundial, de una crisis no sólo del dólar, sino de las divisas en general. “Si no está roto, no lo arregles” son sabias palabras, y el sistema monetario actual está al borde de la quiebra. Sin embargo, por su propio bien, Estados Unidos debería ser el primero en tratar de encontrar un sucesor más adecuado y resistente.
Un comité de expertos en asuntos monetarios dedicado a analizar las posibilidades bien podría crear un sistema parecido al de Bretton Woods. El nuevo régimen, como su predecesor de la posguerra, se caracterizaría por tipos de cambio fijos (no flotantes o manipulados por los gobiernos) y por una divisa de reserva respaldada con oro. Los visionarios notarían sus ventajas, pero, por ahora, los hombres y las mujeres del mundo se burlarían. Algunos se preguntarían: “¿Oro y tipos de cambio fijos? ¿Acaso Dwight Eisenhower ganó la elección presidencial de 2008?”.
Mientras surge una crisis lo suficientemente atemorizante como para abrir las mentes cerradas, el nuevo gobierno podría defender la franquicia del dólar estadounidense con poco o casi ningún costo financiero o político. Curiosamente, en el mundo de los tipos de cambio, las palabras en ocasiones son tan poderosas como los hechos. Al declarar su determinación de proteger y defender el valor externo del dólar, el nuevo Presidente podría hacer más de lo que su antecesor inmediato hizo en 8 años de balbuceos y desidia. El mandato actual de Ben Bernanke al frente de la Reserva Federal vence el 31 de enero de 2010. Si se sabe que el próximo encargado de la Reserva Federal, quienquiera que sea, defenderá al dólar en el extranjero como lo hace en casa, será de gran ayuda para el mensaje de un dólar fuerte enviado por el Presidente.
SOBRESALIR EN EL FRACASO
EN CUANTO A LA ACTUAL CRISIS FINANCIERA, la tarea del nuevo gobierno será reformar los bancos y las agencias intermediarias sin regularlos en exceso ni reducir su capacidad para adaptarse y crecer. Como están las cosas, Wall Street se atiborra en el ciclo de alza, pero los contribuyentes obtienen pocas de las ganancias del auge, y luego tienen que cargar con gran parte de los costos del descalabro. Estados Unidos sería un país mejor y más justo si los funcionarios, directores y accionistas de una institución financiera en problemas pagaran el costo de su propia imprudencia. En los viejos tiempos, las compañías de Wall Street eran sociedades, y los socios generales ponían sus activos netos como garantía de la solvencia de sus empresas. Los legistas estadounidenses deben diseñar una serie de restricciones para los funcionarios corporativos que simulen los aleccionadores efectos de la estructura de sociedades.
La habilidad que tienen los estadounidenses para fracasar es una importante fuente de fortaleza para la economía de su país. Descuellan ante el fracaso. Se declaran en bancarrota y salen de ella sin ningún estigma social permanente. Reconocen sus errores y los dejan atrás. El nuevo gobierno debe, por ende, hacer caso omiso a las sugerencias de manipular los precios de la energía, de respaldar los precios de la vivienda, de suprimir la venta en corto en el mercado de valores o de tratar de prolongar de algún otro modo los errores de los tiempos del boom. Japón, al rehusarse a permitir la deflación de su gran burbuja, sufrió una década de estancamiento económico. Estados Unidos también debe aceptar las consecuencias de su propia burbuja, una de las cuales, sin duda, es la actual crisis financiera. Pero el 44.º Presidente haría bien en recordarle a sus compatriotas que Estados Unidos no tiene tiempo para décadas perdidas. Dejemos que los mercados se estabilicen y que despunte un nuevo día.
JAMES GRANT es Editor del Grant’s Interest Rate Observer y autor de Mr. Market Miscalculates: The Bubble Years and Beyond.
